MANIFIESTO

Resulta intrigante de verdad, el poder fijador de las imágenes. Uno nunca llega a acostumbrarse.

Están los espejos, también los reflejos imprevistos, pero la imagen congelada, el retrato a traición o incluso el fingido, desarma. O rearma, según se mire. Da ilusión de consistencia, de solidez, de permanencia; de batalla ganada contra el tiempo, que todo lo arrasa, sobre todo los intentos de coherencia que, torpemente, nos proponemos implementar en este caos sin estructura que llamamos nuestra vida… Mira la angustia, el empeño, la desesperación por mantenerse ahí, en el instante preciso, por encima de todas las cosas y vivo, muy vivo, en cada pliegue y recoveco que esconden, asombrosamente, las cosas, si las escarbas.

Veo a la gente correr con lengua fuera hacia aquel marco que establece lo que existe y lo que no tiene constancia suficiente para ser. ¡Nadie quiere no ser nadie! Y se hacen fotos. Nos hacemos fotos. Pedimos fotos. Ansiamos fotos. Las necesitamos. Toda esta cultura del llegar tan de improviso y la sonrisa siempre a punto, no vaya a ser, fíjate bien, nos echan una foto y existimos. No es nada nuevo, yo ya lo sé, pero es intrigante de verdad, el infinito poder fijador de las imágenes, sus atavíos recubriendo realidades muertas que se dicen bautizadas por la luz del flash, por el eco silencioso y adictivo del momento de hacer clic, clic, estoy aquí, clic, clic, estuve allí, clic, clic, ¿subsistiré? ¿Seré algo más que un leve soplo de incoherencia y prisa? Miro la foto resultante y me sonrío. Esto soy yo…

Hace algún tiempo las personas recelaban de la cámara, temerosas de que esta les robara el alma o la sustancia. Hoy ocurre justamente lo contrario: el alma es un constructo que, poco a poco, vamos modelando, con cada nueva imagen. Es la obra de una vida congelada.